Por Amparo Canedo
¿Cuántas veces los periodistas nos preguntamos por los alcances de aquello que hacemos diariamente sin pensarlo dos veces porque así lo hicimos siempre? ¿Cuántas veces pensamos en los riesgos del “enfoque” periodístico?
Hasta 1990, en los periódicos bolivianos se trabajaba cada noticia con base en el “lead” de la pirámide invertida en el que se intentaba responder a las seis clásicas preguntas (convertidas en nueve desde el 2001) y cuyo origen se remonta hasta el siglo I después de Cristo de la mano del retórico Quintiliano, quien por primera vez formulara el qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué, preguntas luego retomadas por San Agustín y más tarde por las agencias de noticias internacionales como AP, las que se encargaron de difundir en el siglo XIX tal estructura.
La pirámide invertida, de clara vertiente positivista, ayudó a los periodistas bolivianos a elaborar noticias en épocas en que aún se armaban los diarios manualmente, lo que significaba que parte del material escrito podía terminar en el tacho de basura si es que en el espacio no cabían más de dos párrafos. De ahí la obligatoriedad de escribir empezando por lo más importante para desembocar en lo menos trascendental.
Sin embargo, cuando por los años 88 y 89 fueron incorporadas las computadoras en las redacciones de Última Hora y luego en la recién aparecida La Razón, no sólo la rigidez de la pirámide invertida fue cediendo, sino que apareció otro fenómeno periodístico: el enfoque noticioso.
Quien trabaja en un medio de comunicación, más si es un periódico, sabe que apenas llega a su diario su editor le preguntará: ¿Cuál es el enfoque de tu noticia? Para poder responder, el periodista combinará en su cabeza una serie de hechos, antecedentes y declaraciones que darán por resultado un titular o, en otras palabras, una interpretación.
Se ha vuelto tan familiar y común el uso del “enfoque” que no se suelen escuchar muchas reflexiones alrededor de él cuando, en verdad, su utilización arbitraria puede ocasionar en el periodismo y, por tanto, en la sociedad, efectos perversos.
Veamos un ejemplo de “enfoque” de esa primera época cuando éste apareció. El 20 de enero de 1999, La Razón titulaba: “Todas las coimas se pagan en la Policía Boliviana, ¿qué tal?” Para llegar a tal titular, quien escribió únicamente tenía como respaldo un caso concreto de corrupción. Esto quiere decir que a partir de una única situación, el periodista no sólo asumió la responsabilidad por el titular, sino que tendió a generalizar.
El 25 de febrero de 2011, El Diario tituló: “Ciudadanía condena paro de 24 horas del transporte”. El respaldo de dicha afirmación que mencionaba a toda la población no pasaba de media docena de personas entrevistadas; sin embargo, todos habíamos sido incluidos en la condena. Como éste y el anterior, los ejemplos abundan.
Como se podrá advertir, los “enfoques” tienen algunas características similares: primero, tienden a ser contundentes; segundo, suelen elevar la frase u oración a la categoría de la adjetivación; tercero, quien se hace responsable del mismo no es una fuente, sino el periodista y, por ende, el medio en el que éste trabaja; cuarto, muchas veces corren el riesgo de generalizar situaciones particulares, deficiencia más notoria cuanto menor número de fuentes o documentos respaldan una interpretación.
Si un “enfoque” no está respaldado deja de ser informativo para convertirse en parte del área de opinión de un matutino. Esto nos lleva a la necesidad de hacer notar que para estructurarlo, el periodista requiere contar con una investigación previa lo suficientemente seria como para articular interpretaciones, lo cual es difícil pensar en un medio de comunicación que cuenta con escaso personal y gran parte de éste recién ha salido de las universidades por convenir a los bolsillos de los diarios, en los que la crisis económica empezó a sentirse con fuerza desde el año 2000, llevándoles a reducir sus planteles casi a la mitad en detrimento de los trabajos de largo aliento que requieren más tiempo y también conocimientos y destrezas.
No sólo eso. La investigación que respalde un buen “enfoque” no sólo debiera tomar en cuenta el hecho, antecedentes y declaraciones de las fuentes, sino que no podrá perder de vista algunas especificidades del contexto de quienes declaran. Por ejemplo, cuando un dirigente del área rural indica que las decisiones serán tomadas con las bases, no se refiere a que no tenga la sabiduría suficiente para hacerlo solo, sino que parte de su forma de ser en el mundo le obliga a ejercer la política de otro modo, lo que lamentablemente podría ser malinterpretado en un “enfoque” como que “x dirigente deja las decisiones en manos de sus bases” o, peor aún, “x dirigente se lava las manos”.
Así como existe el riesgo de andar lanzando “enfoques” a diestra y siniestra, también está presente el peligro de terminar minimizando lo que de tan obvio se cae de maduro. Nos referimos, por ejemplo, al hecho de que una subida de más del 73 por ciento en el precio de los carburantes no tiene por qué dejar de ser enfocado con la palabra “gasolinazo”.
Y es que ése es el otro riesgo, pasar del enfoque mal respaldado al otro extremo de callar lo que se sabe. En todo caso, se podrá advertir que las diferencias entre un género informativo-interpretativo y uno de opinión son menos notorias de lo que pensamos y podrían casi pasar desapercibidas ante los ojos de los propios periodistas, quienes caminamos todo el tiempo sobre una cuerda floja que no sólo nos obliga a tener cuidado, sino a reflexionar sobre lo que diariamente hacemos, cómo lo hacemos y por qué lo hacemos.